33 Un terrible accidente
Asi lo narré en mi libro “Eros y el Talismán”:
Tenía, entonces, casi cincuenta años y estaba horriblemente enfermo por una chica
de casi veinte.
Me bastaba oír su voz para excitarme de modo incontenible.
En pocas palabras, una calentura de pronóstico como habrás tenido muchas.
Ella era un delfín de músculos durísimos bajo una piel suave e inusualmente blanca en su
país de mulatas. Maravillosa joven, encarnación de la “areté”, de la virtud griega, de la
diligencia y la responsabilidad. Apenas nos conocimos me pidió que la embarazara.
Nunca conocí mujer así, ni antes ni después.
De carácter más que agreste, salvaje. Fuera de todo control.
A la gente así, en su tierra la llaman “querrequerre”, nombre que se da a un ave, del tamaño
de una paloma aunque algo más esbelta, que cuando se irrita suele indignarse cada vez
más hasta morir de un ataque de rabia, de enojo.
Estar con ella en algún elegante motel tenía, a más de la gracia de su belleza inaudita, los
espejos y las películas, el encanto de saber que antes de cosechar el primer placer
sería necesario soportar una o dos horas de indignadas protestas, insultos y amenazas.
Que no me engañe. Que ella me ha acompañado hasta la habitación del motel a pesar de
su total falta de interés en mí, solo para reclamar mi indiferencia, mi falta de corazón, mi
horrible crueldad. Que no podemos continuar así: ella entregando todo y yo huyendo como
un desalmado que lo único que quiere es comer y tomar, coger y tocar, correr y domar.
Como un estúpido enfermo terminal a quien lo único que interesa es el sexo.
Iba acumulando indignación como un trineo cerro abajo.
Y también como un trineo, después de largos minutos de aceleración vertiginosa, parecía
comenzar a apaciguarse, como si hubiera encontrado una zona sin pendiente y empezara
a detenerse.
Cuando se podía esperar que llegaba la paz, o al menos que empezaría la otra guerra, la
que nos había llevado hasta ahí, de pronto saltaba al abismo de otra pendiente más
pronunciada.
Y el trineo enloquecido, insultando, golpeando, empezando a vestirse en el inútil afán de
retirarse para siempre de ese largo y maravilloso conflicto que, como toda buena guerra,
conocería treguas pero nunca la paz definitiva.
A medida que se sucedían los remansos, en esos breves momentos de silencio cada vez
más largos, empezaba a acariciarse los brazos, los muslos, la barriguita dura de seiscientos
abdominales. Hasta que en algún remanso las manos empezaban a detenerse en los
pezones erizados. Poco después venía la pendiente que terminaba con el trineo ardiendo,
clavado por el genio de mi lámpara una y mil veces contra la nieve seca, a veces áspera,
de la sábana alfombra voladora de ese día.
Así fue también esa noche espantosa.
Su natural agitado, cambiante y rebelde le permitía permanecer por segundos quieta,
recibiendo el incansable entrar y salir del genio de mi lámpara. Pero intempestivamente
comenzaba a devolver golpe por golpe, a inclinarse de un lado y otro buscando mayor
placer, todo lo cual a veces conducía a que, al sacarlo completo y volver a entrar en ella,
de pronto, en lugar de clavarse entre sus carnes se golpeara contra ellas.
Ese día ya me había dado un golpe tan fuerte en su entrepiernas que me vi obligado a
detener unos minutos la marcha frenética de mi propio trineo.
La segunda vez que el pene golpeó su entrepiernas, el dolor fue mucho más intenso y, al
llevarme instintivamente las manos a él, lo sentí hinchado, enorme, irreconocible. Cuando
me atreví a mirarlo, crecía a ojos vista, como si se hubiera convertido en un globo que
alguien estuviera inflando.
–Nos vamos –dije, y comencé a vestirme, metiendo como pude ese enorme globo dentro
de mis pantalones abiertos a medio subir.
Y así caminé hasta el estacionamiento y me senté como pude al volante.
Afortunadamente cerca del hotel existe un importante hospital y centro médico.
Me bajé del coche frente a la entrada del servicio de urgencia. Aunque estaba más
abrumada que yo y recién aprendía a conducir, le pedí a mi chica que estacionara
el automóvil.
Muy pronto me pasaron a un cubículo de emergencia. Medio me senté en la camilla. En
seguida entró el médico de turno.
Miró brevemente el horrible espectáculo.
– ¿Le duele mucho?
– Nada
Calló un momento
– Aquí no tenemos urólogo que pueda atender su caso.
– Pues llame uno… Pronto, por favor.
– Señor... Aquí no podemos atenderlo.
– ¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Pretende que me vaya en estas condiciones?
– Se lo recomiendo. Es urgente que lo vea un especialista.
– Llame a uno.
– Señor… No podemos atenderlo. Vaya donde un especialista que sepa qué hacer en un
caso así.
Nadie es capaz de defender sus derechos mientras se agarra a dos manos lo que fue su
propio pene y ahora es un globo que no deja de crecer y amenaza reventar.
No me atreví a apretarlo un poco, como se hace con un globo de cumpleaños, para evaluar
si resistiría mayor presión o ya estaba a punto de explosión.
Me levanté y caminé al estacionamiento. Ni ella ni el auto.
Nada. Y yo ahí, sabiendo que cada segundo era un paso hacia la tragedia.
Anduve hasta la calle y busqué un taxi. Eran cerca de las dos de la mañana. Ningún
vehículo.
– ¡Cresta! –pensé– ¿Llegó mi hora? ¿Anda por ahí alguien desvelado haciendo justicia sin
haberse enterado jamás de nada?
Apareció un taxi.
– Al urológico. Rápido, por favor.
Mientras el hombre recorría de prisa la ciudad vacía, llamé a casa de la que había sido mi
primera esposa, vecina de la clínica a donde me dirigía. Atendió una de mis hijas.
– Llama a Rebais. Dile que lo espero en el “burrológico”. Que es urgente.
Colgué, sin más.
Rebais Kamal, extraordinario médico de cabecera de mis riñones y de tanta infección
urinaria, es hombre formal. Sin embargo le gusta presentarme, con una tranquila sonrisa,
como su “paciente que tiene un harem”.
Cuando llegamos, mi hija y Rebais, ya de blanco, estaban en la entrada de emergencia de
la clínica. El médico me tomó del brazo y me llevó a un cubículo.
Cuando le mostré lo que cargaba entre manos, dijo, impenetrable:
– No es nada. No te preocupes
Él, que siempre se mueve con toda calma, salió del cubículo casi corriendo. Al salir, medio
cerró, de un tirón, la cortina.
Escuché sus gritos:
– Rápido. Urgente. Un urólogo.
– Ahora no eres urólogo. Solo nefrólogo –pensé–. ¡Mierda!.. Nadie quiere hacerse cargo de
este globo por reventar.
Rebais entró varias veces. Solo miraba. Tampoco se atrevía a tocar.
Veinte minutos después de mi llegada entraron al cubículo, todos juntos, seis urólogos.
Había aprovechado ese tiempo interminable para dar instrucciones a mi hija, preparándome
para lo peor.
El grupo era heterogéneo.
Rebais se adelantó y me dijo al oído:
– El único inteligente es el flaco alto... Nunca hemos visto un caso parecido… Ni ellos ni yo.
Resucitaba el Rebais brillante y objetivo. Aun así me sorprendió.
Jamás pensé que su detachment le permitía incluso percibir el defecto genérico de sus
colegas.
Miré al flaco. El típico bohemio, depravado y vicioso. Más pinta de argentino que de
venezolano.
Se acercaron. Observaron. Comentaron que nunca vieron nada parecido.
Preguntaban, cada minuto, si me dolía mucho.
– No. No me duele nada. No siento nada.
Pronto entraron en la rutina del sentimentalismo médico: discutían frente a mí como si yo
no existiera. Esgrimían las opciones más aterradoras. Hablaban de operación inmediata,
de impotencia definitiva, de tomar riesgos. Del peligro de que el pene reventara.
Querían hacer algo, y pronto. Unos, pasar sonda. Otros, drenar para evitar una explosión
que se anunciaba inminente.
Les aterraba la sola idea de manchar sus batas relucientes.
– Yo no haría nada. Solo esperar…– Repetía el flaco, como hablando consigo mismo.
Rebais se acercó y habló en voz baja:
–Tú decides. El flaco es el único capaz de pensar. No es fácil saber qué hacer. Nadie vio
nada parecido.
Los que estaban por meter sonda eran mayoría y presionaban.
El flaco propuso esperar media hora. Si la hinchazón seguía aumentando, meter sonda o
drenar. Si se contenía, esperar hasta la mañana siguiente. Entretanto, preparar al enfermo
para una operación de emergencia.
Rebais repetía:
– Ya has oído... Tú decides.
– Esperemos –dije–.
Los doctores se marcharon.
Entraron la enfermera para afeitarme, mi hija y su amiga, que estaba como siempre:
demasiado sexy. Muy rica.
– Cría… Parece que me van a operar. Si todo sale mal, en el PC está el detalle de las
instrucciones.
– ¿Aviso a Cristina?
– Todavía no. Yo lo haré más adelante.
– Llamó Katia... Está desesperada. Viene en camino...
Katia es la hermosa delfín-trineo entre cuyas piernas El Tótem se transformó en globo
amenazante.
Mi hija prosigue:
– Afuera está mi mamá... Quiere verte.
– Que pase.
Salen los hembrones. Entra mi primera esposa.
– Afuera está Katia –dice–. Quiere entrar... Si la haces pasar, me voy.
– Vete.
A los pocos segundos asoma Katia. Permanece, asustada, en la entrada del cubículo:
– Chama… Vete a casa... Y no me llames. Tu voz me excita demasiado... Si el globo intenta
una erección soy hombre muerto.
Se acerca. Me besa y se va.
A pesar de lo deliciosa que estaba, no tuve reacción.
– Cresta… Se me murió el pene –pensé–.
Al poco rato aparecieron Rebais y los siete del patíbulo.
Se disponen alrededor de mí. Uno tras otro observan detenidamente una vez más. Alguno
se atreve a tocar levemente el inmenso globo.
El gordito insiste en pasar sonda.
– ¿Orinaste? –pregunta Gutiérrez, el flaco–.
– ¿Y cómo? –sonrío–.
– La hinchazón no aumenta. Sugiero esperar hasta mañana –dijo el flaco, ya con cierta
autoridad.
Tras breve discusión, el gordo sondista me informó solemnemente la decisión que yo ya
conocía, por haberla escuchado.
Pues la habían tomado ahí, delante de mí, durante la fase en que los médicos actúan como
si el paciente no existiera. O tal vez piensan que los pacientes aparecen y desaparecen
según se dirigen a ellos o los ignoran.
– Lo veremos mañana a las 6.30 de la mañana.
Desde la cortina que funge de puerta del cubículo, Gutiérrez se despide con un cordial:
– Trata de orinar
Rebais se queda. Me da ánimo. Insiste en que el flaco es el único juicioso. Me informa que
me trasladarán a una habitación.
Orinar… Yo no sentía deseos de mear. Ni la menor señal.
Tan pronto se produjo la rotura, decidí aguantar sin beber tanto como pudiera, para retrasar
las ganas de orinar.
Y no es de extrañar que lo pensara. Lo primero que pensé, de hecho, fue que nunca más
podría joder.
Y lo segundo, inmediatamente después, fue:
– ¿Y como voy a mear con esta vaina1?
En ese mismo instante decidí no beber una gota de agua, aunque muriese de sed, hasta
observar alguna evolución favorable.
Porque uno puede pasar algunos días sin coger. Pero sin mear… Diez horas, en el mejor
de los casos, si no bebe. Y diez horas tal vez podían mejorar algo la situación.
Bebiendo o permitiendo que me inyectaran suero, en menos de dos horas me vería
enfrentado a mear o mearme a mi pesar.
Imaginé que sería imposible hacerlo con ese artefacto deforme y gigantesco, con la cabeza
al pie y al costado del tallo en cuya cúspide siempre estuvo. Tallo que ahora, para peor, no
existía.
– Imposible…. El solo intentarlo sería una locura. Además, ¿quien me garantizaba que
seguía existiendo un conducto para la orina?
En el mejor de los casos, mear significaría llenar de orina y tal vez infectar la mezcla de
partes de mí que había dentro de ese globo duro y gigantesco cuyo interior imaginaba un
caos.
En el peor de los casos, una meadita podría significar agregar al globo justamente el
pequeño volumen adicional que le faltaba para reventar.
1 Expresión venezolana de usos múltiples. En el caso: artefacto, cosa, aparato.
Nada me inquietaba más que una probable explosión.
Imaginaba todo lleno de sangre, orina y pedazos de pene.
Cabe aclarar que hasta esa crisis no sabía nada acerca del pene.
Qué tiene dentro. Cuáles son sus componentes. De modo que bien pudiera ser que también
arrojara, como una granada de mano, esquirlas duras y calientes –únicas características
que le conocía.
Mantuve mi decisión.
– Digan lo que digan, yo no bebo agua. Me aguanto la sed. Esperaré cuanto pueda antes
de mear dentro de este globo y terminar por reventarlo.
– ¿Me esté ya haciendo a la idea de tener para siempre un enorme globo en vez de un
pene de tamaño normal? El ser humano es así.
Apenas me instalaron en la habitación, pedí a las chicas que se fueran a casa.
Cuando estuve solo llamé a Cristina.
Teléfono, a las tres de la mañana.
Ella nunca reclama ni pide explicaciones. Siempre llego a casa a cualquier hora. Muchas
veces no llego.
Atendió.
– Negrita... Tengo un problema... Estoy en el burrológico.
– ¿Que te pasa, barbarito?
– Nada grave… Es que parece que se me rompió el pene… Está inmenso… Enorme.
Parece un globo gigantesco.
– Voy de inmediato.
Llegó en media hora. Compuesta y controlada, como siempre.
Se sentó en la cama del acompañante. Calló tal vez media hora.
– Te acompañaré en esto. Pero el día que salgas de la clínica te abandono… Lo juro… No
me volverás a ver.
Lo dijo con su calma de siempre. Desde lo profundo de su naturaleza crustácea.
Apagó la luz. Me dormí.
Temprano apareció la cuadrilla de curiosos.
Ahora todos miraron y tocaron. La situación se veía estable.
El flaco seguía con el aspecto del día anterior. Parecía estar todavía en una boîte o entrando
a un prostíbulo. Nada parecía importarle menos que las palabras de sus colegas, a quienes
no rebatía. Parecía ignorarlos. Hablaba como si no estuvieran. Los
había reducido a la condición de pacientes.
Yo observaba con sorpresa que un médico también puede hacer desaparecer a
varios médicos.
– Son de otra galaxia – pensé.
– ¿Orinaste?
– No.
– ¿Tienes ganas?
– No. Y no quiero tenerlas.
– Pues a ver qué haces. Es necesario que orines.
Al sondista empacado en grasa se le ocurrió una gran idea:
– Pasémosle una sonda.
Gutiérrez dijo:
– Si a las doce no has meado, tendremos que pasar sonda.
La situación había cambiado. O meaba o sonda.
Pedí agua.
Bebí, vaso tras vaso, toda la mañana.
Empezaron a llegar amigas a visitarme. Cristina se quedaba si las conocía. Algo le permitía
saber que ninguna de ellas era su adversaria real, la causante de la tragedia que había
terminado con nuestra relación y, muy probablemente, con mi capacidad de fornicar.
Poco después de las doce aparecieron los urólogos. Quedaban tres.
– No hay noticias... No siento el menor deseo de orinar... No sé qué se ha hecho toda el
agua que he tomado.
El flaco se veía preocupado.
– Tendremos que pasar sonda.
– Necesito tiempo… Hasta la una y media –propuse.
– OK... Pero ni un segundo más –dijo el flaco–.
Salieron.
Apenas sentía, muy lejano y atenuado, un leve deseo de orinar.
Considerando cuanta agua había tomado, estaba claro que un terror agazapado,
inconsciente, imperceptible, dominaba la situación.
Continué bebiendo, vaso tras vaso, con la esperanza de lograr que la presión se impusiera
sobre el miedo que tapaba la válvula de salida.
A veces me decía
– ¿A quién se le puede ocurrir que es posible mear por un pene convertido en un globo,
con la cabeza en la base, justo al costado de donde comienza? ¿Por dónde podría pasar
la orina?
Cuando regresaron, hora y media después, ni siquiera había considerado necesario pedir
el orinal2. Venían con el equipo quirúrgico liviano.
No andaba ni cerca de poder mear. Si bien los deseos y la presión que la orina hacía por
salir eran insoportables, el bloqueo era absoluto.
Tan contundente, que lo presentía insuperable. Antes se me podría reventar la vejiga que
dar paso consciente a un océano de agua que sin duda reventaría el globo.
Pedí treinta minutos adicionales. Este sería el plazo fatal. Si a su regreso no había noticias,
pasarían sonda sin mediar palabra.
Así se convino, y salieron.
Analicé una vez más la situación.
Permitir que esos inútiles pasaran sonda a través de un conducto que probablemente no
existía, me parecía peor que intentar una meadita.
Si al orinar ocurría que efectivamente la orina asomaba por lo que fue la cabeza del pene,
ahora adosada a su base, quedaría demostrado que el conducto aún existía y estaba sano.
Este sería el mejor de los casos posibles.
Pero bien podría ocurrir que al orinar, en vez de fluir orina desde la base del pene hacia mi
pierna derecha (ahí estaba la cabeza y apuntaba en esa dirección), no apareciera nada por
parte alguna. En este caso estaría meando directamente dentro del globo, con lo que éste
recomenzaría su crecimiento camino de una explosión.
Si así fuera, tal vez pudiera contener la orina (ahora lamentaba haber bebido tanta agua y
haber juntado una presión infernal), llamar a los expertos y permitirles meter sonda, con lo
cual por lo menos se reduciría el riesgo de un reventón.
A pesar de estar consciente de esa posibilidad, me seguía pareciendo mejor el riesgo de
intentar una meada que permitir que metieran sonda, a ciegas, a un globo inflado hasta casi
reventar.
Convencido de la necesidad de orinar, se me ocurrió un modo de luchar contra el miedo,
contra el bloqueo inconsciente. Un modo de aflojar esa válvula que, aterrorizada por su
cuenta, impedía el paso sin que yo interviniera conscientemente en ello.
2 Recipiente para recoger la orina. Chata, pato, bacinilla.
Me senté como pude, puse el orinal debajo del globo y pedí que me instalaran la mesa que
se usa para almorzar cuando se está en cama. Esa mesa de ruedas que se instala por el
costado de la cama, perpendicular a ella.
Me senté lo más erecto que pude, el orinal en su lugar, y comencé a efectuar escalas de
piano, digitando con fuerza contra la mesa, concentrándome en cada nota.
El estudio más sencillo. El primero:
do mi fa sol la sol fa mi
re fa sol la si la sol fa
mi sol la si do si la sol
fa la si do re do si la
sol
Y así. Solo en la habitación. Golpeando duro contra el teclado imaginario, digitando con
fuerza, marcando mucho cada nota, incansablemente.
Al poco tiempo sudaba. Ya no sentía los dedos.
Las escalas que no paraban:
do mi fa sol la sol fa mi
re fa sol la si la sol fa
mi sol la si do si la sol
El dolor en los antebrazos era insoportable. Las gotas de sudor caían sobre la mesa.
fa la si do re do si la
sol si do re mi re do si
la do re mi
Olvidado de todo gracias a ese piano imaginario, de pronto me oriné por el costado de la
pierna, fuera del orinal.
La cama quedó empapada hasta el piso.
De alguna manera podía mear a través ese enorme globo.
Una orina de color normal afloraba exactamente por donde debía salir, justo por la base del
pene, por el costado derecho.
Exactamente por el conducto que asoma en medio de esa cabeza inusualmente situada.
A partir de ese momento la situación parecía mucho más auspiciosa.
Visualmente seguía siendo aterradora, porque manaba orina desde el costado y el arranque
de un globo que empezaba a ponerse azul oscuro, que me colgaba de entre las piernas y
que hacía una curva, un codo del grosor de mi brazo, a unos treinta
centímetros bajo la ingle.
Sin embargo, me sentía en el cielo.
De algún modo, por dentro de ese globo, el canal de la uretra, intacto, describía una
trayectoria que le permitía continuar desembocando justo al centro de la cabeza del pene.
Una trayectoria tal vez más extensa que nunca, porque tenía que recorrer toda esa larga
curva que el pene describía frente a mí.
O quizás más breve que de costumbre, porque ahora la cabeza estaba en la base del pene.
En resumen… todo en orden.
Cuando regresaron los galenos, de excelente ánimo ahora que por fin podrían dar rienda
suelta al instinto animal de acuchillar que los persigue desde pequeños y que han podido
proyectar en una actividad socialmente aceptada, encontraron al personal de limpieza
secando el cuarto.
– ¿Pudiste mear? –preguntó el flaco.
– Ya lo ves. Un mar.
– Te felicito… De verdad… Te felicito.
– ¿Le dolió mucho? –preguntó bola de grasa desde sus gafas relucientes.
Un médico no puede imaginar que algo de apariencia traumática no duela.
– Nada –lo decepcioné. No me dolió ni molestó nada.
– Ahora solo debemos esperar para ver como evoluciona. Es claro que no hay que hacer
nada –dijo el flaco.
Cuando salía, se volvió, me miró no sé si desde la lejanía de su bohemia o directamente
desde el celeste rosa de su probable cannabis, y dijo:
– Nunca imaginé que podrías mear.
El resto del día fue dormir y beber. Vaso tras vaso de agua.
Quería volver a mear para sentir que por lo menos parte del pene estaba con vida dentro
de ese globo que por lo demás seguía duro y enorme como la noche anterior.
Dormir, beber y mear.
A la mañana siguiente el globo estaba algo menos tenso. Ya no parecía a punto de estallar.
Su tamaño seguía siendo gigantesco.
Los médicos llegaron temprano. Eran cinco. Miraron, tocaron y dieron vueltas alrededor de
mi cama preguntando si dolía mucho.
Discutieron acerca de los daños que podría haber sufrido el pene. Unos proponían
inspeccionar los cuerpos cavernosos, los vasos donde se junta la sangre para producir la
erección. Primera noticia de ellos. Hasta entonces, para mí el pene era solo un músculo
con personalidad propia.
El flaco una vez más impuso su idea de no hacer nada.
No tocar. No hacer prospecciones. Esperar a que el globo se deshinchase.
– Nada de sonda –le repetía a bola de grasa cada vez éste asomaba su gran solución.
Solo parecían coincidir en que ese pene nunca mas volvería a prestar sus espasmódicos
servicios.
Para mí el tema de la impotencia estalló apenas vi la cabeza estacionada en la base.
– Se acabó –me dije.
Y no me hice mayor problema.
De alguna manera empecé a manejar la idea de no volver a tener pene propio y de ensayar
soluciones como un implante o la práctica de algún otro deporte.
Escucharlos hablar, en mis narices y como si no estuviera presente, de la impotencia que
sin duda me esperaba, es claro que estaría afectando mi inconsciente.
Y aunque en el plano consciente seguí planteándomelo como si no fuera asunto relevante,
el tema me impactó tanto que esa segunda noche tuve un sueño erótico.
Nunca llegué a saber si mi pene intentó enderezarse o, lo que es menos probable, si se
irguió del todo dentro de alguna de las dos alas del globo, pues este salía del costado
izquierdo, describía una gran curva frente a mí y se sumergía de regreso en mi cuerpo por
el lado derecho.
Solo sé que desperté de pronto, en medio de un sueño erótico, como si se hubiese tratado
de una pesadilla, aterrorizado por el riesgo de una erección.
Pero también con la grata sensación de que allá abajo algo podía estar con vida.
Al cabo de un rato reuní el coraje para asomarme a mirar.
Lo hice, con mucho más miedo de ver algo roto que ilusionado por ver algo erecto. Me
tranquilicé al observar que todo estaba intacto. La cabeza siempre en su nueva residencia,
en el costado derecho del globo, pegada a él y apoyada donde muere
mi abdomen.
Por segunda vez me desprecié. Sospeché que prefería tener ese globo a no tener nada.
A eso de las 11 y media de la mañana de ese segundo día ocurrió la llamada telefónica que
temía: la de la culpable. La de la voz capaz de convertir el globo en una carpa de excursión.
Atendió Cristina y, sin palabra, me pasó el auricular.
Escuché su voz ardiente y, espantado, comencé a sentir la familiar efervescencia.
– Todavía no sé como estoy... Por favor no me llames... Adiós…
Y colgué.
Esa tarde asomó Rebais. Dijo que su maestro, el doctor Roca, un médico muy anciano que
aún ejerce, hace muchos años vio un caso similar. Que lo traería en algún momento para
que observara y diera su diagnostico.
Lo trajo ya avanzado el cuarto día, cuando el globo había disminuido bastante de tamaño y
la cabeza comenzaba a separarse de mi cuerpo. A esa altura todos coincidían en que nunca
más vería el juego desde dentro.
Roca apenas caminaba. Y aunque parecía recién salido del cementerio, y solo por un
momento, tal vez a la hora del recreo, daba buena impresión. Sin duda mejor que cualquier
muerto que yo hubiera visto. Además, eso de moverse y hablar, aunque fuera
con voz de ultratumba, parecía de buen gusto. Y le daba un aire que lo hacía más amable
que el muerto promedio.
Me lo agarró y lo palpó durante largo rato. No le costó entender que no me dolía ni me
molestaba. Conversó algo con Rebais y volvió a palparlo.
Mientras se alejaban, antes de salir del cuarto, se volvió y dijo, con voz apagada:
– Los cuerpos cavernosos no presentan daño. Parecen intactos. Se recuperará del todo.
No podía creerlo. Empecé a abrigar una leve esperanza.
Aunque a ratos la abandonaba y continuaba la tarea de adaptarme a la idea de que todo
estaba perdido.
El día siguiente un enorme hematoma azul y negro comenzó a subir por el abdomen y bajar
hacia las piernas.
Al cabo de siete días dejé la clínica con el pene todavía enorme, con su cabeza a medio
camino entre mi cuerpo y la curva principal.
Justo dos semanas después del accidente, un sábado por la tarde, esperé a Katia en mi
automóvil, a la salida del metro y nos fuimos a un hotel. Mi retorcido pene medía cerca de
seis centímetros de diámetro y estaba negro, al igual que la parte delantera de mi cuerpo,
desde el ombligo a las rodillas.
Nos acostamos en forma solemne. Uno junto a la otra, desnudos, sin pasión. Mitad
experimento. Mitad incertidumbre. Como a la espera de que un tercero diera las
instrucciones.
Comencé a acariciarla, con poca fe.
Solo tenía claro que si ese santo no hacía el milagro, nadie lo haría.
El pene empezó a rotar sobre sí mismo e hincharse. Me dolía horriblemente.
Seguí acariciándola. A medida que el pene empezaba a endurecerse lo empujaba con los
dedos hacia dentro de su coñito.
A pesar del dolor, comencé a moverme suavemente en un desesperado intento por dejar
de ser impotente.
Estaba claro que no solo no había logrado adaptarme a la idea de la impotencia, sino que
desesperaba ante la posibilidad de que fuera cierta.
Mantuve la tenue erección de ese bastón negro, hinchado, deforme, muy doblado hacia la
derecha, y seguí dándole como pude, apoyado en los quince días sin actividad sexual,
hasta que después de mucho sufrimiento y grandes dolores, eyaculé.
Exultaba.
Había vuelto a la vida.
Al día siguiente, asustado por los daños que pude haber causado, visité al flaco en su
consulta. Cuando terminó de revisarme y comenzó a hablar con lástima acerca de mi
lamentable porvenir, lo interrumpí:
– Ayer lo probé... Ahí donde lo ves, hinchado y deforme, estuve cogiendo. Mal, pero
cogiendo. Suavemente, pero adentro de un coño.
– Imposible.
– Duele mucho. Pero funciona como un avión. Necesitaba demostrarme que no soy
impotente. Ya ves, apenas dos semanas después de tan espantoso accidente, otra vez en
las pistas. En las húmedas y deliciosas pistas.
– Imposible.
– ¿Como que imposible, chico? Con esa mujer lo único imposible es que no tener una
erección... Incluso terminé... Y te digo más: el semen salió por la punta de la cabeza y no
por todas partes, como esperaba.
– Es lo más increíble que he observado, sin contar ese día que measte, porque eso sí que
jamás lo hubiera creído.
Esto solo demuestra, una vez más, que todo diagnóstico médico es de pronóstico
reservado: difícil que viva más de dos días.
Como se imaginará, la plena normalidad tardó algunos meses.